La visita del fotógrafo.

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Era una visita anunciada, la llegada del fotógrafo era un acontecimiento, que provocaba curiosidad, se hacían preparativos para posar y seguir las indicaciones para ponerse delante de la cámara con ceremonia y solemnidad.

Había que estar presentable. No todo el mundo se podía permitir contratar una sesión para conservar su mejor pose para siempre. Como sabemos, según pasaron los años hacerse una foto fue cada vez más accesible, hasta que se volvió masivo.

Las visitas para una de aquellas sesiones eran anunciadas como las del médico, el abogado, o el cura.
Cuidada elaboración, buenos equipos, cámaras, lentes, y horas de dedicación, estaban detrás de todas aquellas fotos. En estos momentos muchas de ellas están en trasteros o en viejos álbumes que han rondado por las casas de familiares.
Detrás de la mayoría de ellas hay un ritual, realizado con cámaras primitivas, pero con buenas ópticas y con mucho oficio, la calidad de las imágenes de épocas anteriores era notable en muchos aspectos. Muchos aficionados que tuvieron acceso a las primeras cámaras de 35 mm todavía replicaban algunos rituales similares años después para asegurarse que la foto quedaría bien sin usar más negativo que el necesario. Uno por foto.
Esas fotos que andan por ahí están hechas con mucha dedicación y detalle. Son especiales, no sólo porque son piezas únicas, sino por su calidad. Mucho mejor que la mayoría de las que se hacen hoy con cámaras digitales y se cuelgan por millones en la red.

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